Mañana empieza el verano. Nadie lo diría. El calor de las últimas semanas ha sido sofocante; hoy también.
Uno de mis hermanos llega desde la ciudad. Vamos a tomar algo bien frío al parque cerca de casa, eso sí, protegidos por la sombra de la arboleda que rodea la biblioteca del pueblo.
El camarero enjuto, diligente y de pocas palabras, transmite calma. La misma que se respira en el parque.
Los jacarandas y las grandes acacias han dejado sus colores sobre la tierra cercana a donde estamos.
Los verdecillos y jilgueros vuelan entre los árboles. El centro del parque es un viejo eucalipto con un enorme tronco.
Unos gorriones picotean entre las mesas junto a varias palomas. El viento acelera la caída de las flores de las acacias y por momentos parece lluvia amarilla.
De pronto me fijo en una niña de unos seis o siete años con una mochila rosa, casi más grande que ella. La acompaña su madre en silla de ruedas. Se detienen a pocos metros de nosotros. Juega con las flores que hay en el suelo. Las amontona para lanzarlas y verlas caer de nuevo, así, una y otra vez. Pierdo la noción del tiempo mirándola.
Se da cuenta que siguen cayendo muchas desde arriba. En un gesto de abertura y felicidad levanta los brazos y mira hacia arriba para exponerse a ellas.
Como si fuera nieve,
la niña juega
con las flores de acacia
Le lleva más a su madre, se las echa en el regazo, por la cabeza, las guarda en el bolsillo de la mochila...
La madre que se mantenía feliz acompañando el juego de su hija, comienza a cansarse de sacudirse y le dice que han de marchar.
Por último, sin dejar de mirar hacia arriba, la niña pone sus manos en cuenco y se queda muy quieta esperando recoger alguna de las flores que se desprenden sin parar.
El perro del anciano
se detiene a la sombra.
Brisa marina
Manos en cuenco
Manos en cuenco
El asombro es "no dar el mundo por supuesto".
Catherine L'Ecuyer
Catherine L'Ecuyer